Laboratorio de innovación propio: por qué lo monté en 2019
En 2019 tomé una decisión que, vista desde afuera, parecía un lujo: montar un laboratorio de innovación propio. No un área de proyectos especiales ni un comité que se reúne cuando sobra tiempo. Un espacio con su propia regla de juego, separado de la operación que paga las cuentas.
Esta semana AI3LAB contó el caso de Whatoko Health, uno de los productos que salieron de ese laboratorio. El caso cuenta qué se construyó y cómo. Este artículo cuenta lo que hay antes: por qué decidí que la innovación necesitaba una casa aparte, y qué aprendí en estos años sobre hacer I+D+i desde una empresa de servicios en Bucaramanga.
Lo escribo porque la pregunta me la hacen seguido, casi siempre empresarios que ya intentaron innovar y sienten que no avanzaron. Casi nunca les faltan ideas. Les falta un lugar donde esas ideas puedan sobrevivir el tiempo suficiente para demostrar si sirven.
El problema: la operación se come a la innovación
Quien dirige una empresa de servicios conoce este patrón. Hay una idea buena, todos están de acuerdo en que vale la pena, se le asigna un par de personas “cuando tengan tiempo”. Y el tiempo nunca llega. No por falta de ganas, sino porque la operación siempre tiene algo más urgente: una entrega, un cliente que necesita respuesta hoy, un incidente que no puede esperar.
La operación tiene una lógica sana para lo que hace: reducir el riesgo, cumplir lo prometido, repetir lo que funciona. Esa misma lógica es la que mata una idea nueva antes de que nazca, porque una idea nueva es, por definición, riesgo, incertidumbre y cosas que todavía no funcionan.
Durante años intenté que las dos convivieran en el mismo equipo y con las mismas métricas. No funcionó. La operación siempre gana, y debe ganar: es la que sostiene la empresa. La conclusión no fue innovar menos, sino dejar de pedirle a la operación algo que no le corresponde.
La tesis: separar I+D+i de la operación
La decisión de 2019 se resume en una línea: la investigación, el desarrollo y la innovación necesitan un lugar donde equivocarse no sea un incumplimiento.
En la operación, un error es un costo que hay que evitar. En un laboratorio, un error bien documentado es un resultado. Si las dos cosas viven bajo el mismo techo y con el mismo tablero de indicadores, el equipo aprende rápido que lo seguro es no proponer nada. Separarlas cambia la conversación: el laboratorio se mide por lo que aprende y por lo que logra llevar a prueba; la operación, por lo que entrega a tiempo.
Separar no significa aislar. El laboratorio se alimenta de los problemas que la operación ve todos los días, y la operación recibe lo que el laboratorio logra probar. Lo que se separa son las reglas, los tiempos y las métricas, no la conversación.
También se separa el presupuesto. Mientras la innovación dependa de lo que sobre al final del mes, va a competir con la nómina, con los proveedores y con el cliente que pide un ajuste urgente. Y va a perder. Un laboratorio con un presupuesto definido de antemano no tiene que justificar cada hora frente a la operación: tiene que justificar sus resultados frente a su propio criterio.
Lo que aprendí de un laboratorio propio
1. El laboratorio necesita reglas para entrar y para salir
Una idea no entra al laboratorio porque sea interesante. Entra porque responde a un problema real y documentado. Y no se queda para siempre: tiene un punto en el que se decide si sigue, si cambia o si se detiene. Sin esa compuerta de salida, un laboratorio se convierte en un museo de prototipos.
2. Cerrar también es un resultado
Mi trayectoria como emprendedor incluye empresas que creé y cerré: Playfit, Qlikfood, Smartpet, aiastore. Las cuento sin pena porque fueron la escuela de este laboratorio. Lo que más me enseñaron no está en lo que construimos, sino en el momento de decidir que una idea no daba para más. Un laboratorio formaliza eso: le pone fecha y criterio a una decisión que, en una empresa sin laboratorio, se toma tarde y con dolor.
3. Lo que sale tiene que poder probarse
El éxito de un laboratorio no se mide en presentaciones, sino en lo que deja funcionando. Whatoko Health es el mejor ejemplo que tengo: partió de un problema de salud concreto, se convirtió en un producto que integra medición, aplicación, análisis y tablero, y llegó a un nivel de madurez en el que el siguiente paso es la prueba en clínicas. Eso no habría pasado como proyecto “en el tiempo libre” de un equipo de operación.
4. El reconocimiento llega después, no antes
El Premio Innovadores de Santander y la presencia en el ranking de innovación de ANDI y Dinero llegaron como consecuencia de ese método, no como objetivo. Ayudan a abrir conversaciones con quien no nos conoce. Pero lo que las sostiene es lo mismo que sostiene a cualquier laboratorio serio: poder mostrar qué se probó, qué funcionó y qué se descartó.
¿Tu empresa necesita un laboratorio?
No toda empresa necesita un laboratorio propio, y no hace falta empezar en grande. Pero si te reconoces en estas señales, vale la pena pensarlo:
- Las ideas nuevas siempre quedan “para cuando haya tiempo”.
- Las mismas personas que atienden clientes son las que deberían estar explorando lo nuevo.
- Nadie puede decir qué se probó el último año, qué se aprendió y qué se descartó.
- Cualquier error en un piloto se trata igual que un incumplimiento con un cliente.
El primer paso no es contratar ni comprar tecnología. Es separar las reglas: decidir qué problema se va a explorar, con qué presupuesto, en qué plazo y con qué criterio se va a decidir si sigue. Con eso ya tienes un laboratorio, aunque sea de una sola persona.
La tesis, en una línea
La innovación no muere por falta de ideas: muere cuando se le pide que cumpla las mismas reglas que la operación. Darle una casa propia fue la mejor decisión de método que tomé en 2019.
Sigo escribiendo sobre innovación, emprendimiento y lo que aprendo dirigiendo un portafolio de empresas tech desde Bucaramanga. Si te sirve, sígueme en LinkedIn. Y si estás pensando en montar un espacio de innovación en tu empresa, escríbeme y lo conversamos.